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01 junio 2012

Ni un abuso más de ninguna naturaleza contra las mujeres


Autor Bacteria
Hoy no voy a hablar de la señora Rosa Elvira Celys. Mis palabras son insuficientes para decir sobre su abominable crimen y el dolor de su familia. Conocimos este hecho porque ocurrió en el emblemático Parque Nacional, en el perímetro urbano de Bogotá, a pocas calles de algunos medios de información y alcance financiero de sus beneficiosas posibilidades.

Tampoco escribiré de Luz Martinez*, una muy bella y joven mujer madre de cuatro hijos, dos niños especiales y otras dos niñas pequeñas, y que se ocupó durante dos meses de las labores domésticas de mi hogar hasta cuando, una vez más, su marido la golpea brutalmente y casi acaba con su vida. Quedó incapacitada y ya no pudo volver más. 



Otro día, quizás, escriba sobre Irina Velosa* otra mujer que conozco y ninguna tan feliz por su bella hija, ya casi bachiller, aunque la misma fuera el resultado de un abuso sexual carnal o violación. 

Luz e Irina ocupan ya un lugar en el anonimato de las estadísticas. Unas más de las cerca de 400 mil mujeres abusadas que nunca denunciaron y por tanto no se judicializaron sus casos. También de esos millares de mujeres, niñas, jovencitas y adultas sin voz, sin rostro, invisibilizadas por la sociedad a las que la cobardía criminal de los violentos hicieron de sus cuerpos, de su dignidad, de su integridad emocional territorios de guerra.  

Pero aunque Rosa, ni Luz y tampoco Irina estuvieran en alguna "zona del conflicto armado", forman parte por igual del mismo. Como yo. Como todas las mujeres que viviendo en las grandes ciudades siguen creyendo que esa maldita guerra (la de los actores armados del presente, pero también todos los que han pasado) no tiene nada que ver con nosotras porque está lejos, en alguna "zona del conflicto armado". No es así. Los agresores, los violentos, están en toda parte. No son distintos y crecen a la sombra de un país seducido por el estilo de vida de la ilegalidad, del todo vale, donde la violencia doméstica y los mal llamados crímenes pasionales junto a los asesinatos brutales terminan siendo aceptados bajo el manto de la impunidad que siempre termina olvidándolos.   

Las mujeres han dejado pasar de forma desapercibida esas otras "pequeñas violencias" cotidianas aceptándolas sin más. Justifican el insulto. La amenaza. La agresión verbal. El manoteo. La mirada inquisidora o acusadora. Como si el silencio fuera un escudo protector y no una actitud cómplice con el agresor. No enfrentan a los agresores por miedo, por "vivir la fiesta en paz" y otras veces por pereza. Porque sino dirán de nosotras que somos histéricas. O muy delicadas. Y hasta conflictivas. Muchas creen equivocadamente qué, como no somos objetos de abuso sexual carnal, lo demás no es maltrato, que no son violentadas. El maltrato físico, el abuso sexual y el maltrato emocional son la combinación segura para un siguiente hecho: el asesinato.  

En las grandes ciudades, aparte del ámbito de las "cuatro paredes" de los hogares, la calle es el lugar dónde mayores agresiones vivimos las mujeres. Y de todo tipo. Desde la mirada lasciva, morbosa, insultante, pasando por la frase o chistecito de doble sentido hasta el piropo ofensivo que menoscaba la dignidad y la integridad moral y emocional de la mujer.

Tomado de Avatar de @Noridaoficial
Hace unas semanas atrás una tuitera me contaba (vía DM) cómo era víctima del maltrato de un gerentico jefe en una empresa. La gritaba y le tiraba el teléfono cada vez que podía. Eso, además de ser un irrespeto con cualquier persona, se llama acoso laboral. No sé si al fin se animó y denunció la situación ante el Ministerio de Protección Social como se lo sugerí. Es lo menos. Pienso que si no apropiamos derechos y hacemos todo cuanto se deba por garantizarlos, eso que le pasó a ella se repetirá en esa empresa una y otra y otra vez. La entiendo. Un director de un medio de información me acosó sexualmente cuando tenía 21 años hasta que le conté a mi novio y él se encargó de pararlo. En ese entonces se hablaba  del "derecho de pernada" al que los jefes creían tener derecho. Debí denunciarlo pero nadie me animó o me dijo como hacerlo.     

No quiero que los medios de información sigan describiendo a los agresores, haciendo detalladas caracterizaciones como lo hicieron esta última semana. Exijo que se ocupen de una buena vez de las VICTIMAS y no más de los VICTIMARIOS. Quiero conocer la historia completa, detallada, de las mujeres agredidas, sus historias de vida truncadas, sus miedos pero también sus sueños. 

Me mamé. La colombiana se convirtió a fuerza de impunidad en una sociedad deshumanizada, agresiva, indiferente. Los malos de esta mala película que se repite una y otra vez y que vivimos de a capítulos todos los días luchan por reproducirse por montones. 

Aunque soy usuaria esporádica del transporte público masivo, conozco del asqueroso y atrevido manoseo al que se ven sometidas las mujeres en buses, busetas y, desde luego, en Trasmilenio. Sin embargo como conductora habitual de un pequeño auto también soy objeto de intimidación, de agresión permanente de escoltas, choferes de buses, busetas, taxistas y cuanto energúmeno que siempre quiere llegar lejos a donde sea y al precio que sea. Alguna vez una amiga los describió como eyaculadores precoces.  

Desde que apropié mis derechos y deberes en el marco de la Constitución y la Ley y desde una perspectiva de derechos humanos NO PERMITO que nadie y menos un hombre por su condición “del más fuerte” abuse de ninguna forma de mí.

Acabo de enviar esta carta que leerá más abajo. Una de esas historias cotidianas que pasan con más frecuencia de lo que creemos pero que, frente a las mismas, las mujeres nunca hacemos nada distinto que putiar y lamentarlo. Ni un abuso más de ninguna naturaleza. 

** Estos nombres son ficticios para proteger identidad de sus protagonistas. 




Señora
xxxxxxxxxxxx
Jefe de Turno
RTAXIS AUTOLAGOS
xxxxxxxxxxxx
Bogotá D.C.

Respetada señora
En atención a la conversación telefónica sostenida con ud. hace unos minutos, me permito informar la siguiente situación y elevar una queja formal por la actitud agresiva contra mi de parte del conductor del Taxi Placa TGX 757 adscrito a esta empresa, según señalización que aparece en el mismo vehículo.

Hoy viernes 1 de junio a la 1:10 pm salí del parqueadero Parking (marca azul) ubicado en la Carrera 18 entre calles 79 y 80 (Localidad de Chapinero). Detrás venía el Taxi Placa TGX 757, al parecer, con mucho afán a juzgar por la insistente pitadera. El trancón que había en ese momento del día era monumental (y natural), así que todos los autos adelante del mío se iban moviendo casi que a menos 5 km por hora. No sé si ud. conoce esa vía, pero sobre la misma están ubicadas varias sedes (Facultades) de la Universidad San Martin además de consultorios médicos, lo que supone un gran tránsito de personas, especialmente estudiantes pero curiosamente no de vehículos.

Sobre esta vía hay una calle peatonal (desde la Cra. 15 hasta la Cra. 19) de la que desemboca mucha gente, así que justo a la altura de esta peatonal me detuve para que pasara la gente pues, a un auto de distancia, la vía seguía parada, tanto, que además esto me permitió mirar mi cuenta de Twitter por teléfono y hacer un RT a @elizyarcos que decía “@wilcheschaux esta sociedad no puede seguir bajo el esquema de que todo asesinato o desaparición fue "porque se lo buscó".

El conductor del Taxi Placa TGX 757 no desistió en seguir pitando a lo cual,  a través del espejo retrovisor externo de mi vehículo solo le hacía señas con la mano indicándole que volara. Sin embargo, a fuerza y a riesgo de golpear mi vehículo el taxista consiguió meterse por entre la estrecha vía, sobrepasarme y gritarme: “vieja HP… por eso es que las matan”.  

Como ya le mencioné, la vía estaba trancada, así que lo que consiguió el taxista fue pasar delante de mí. “Abandoné” por un momento el auto que dejé con luces de parqueo y mi dirigí hasta la puerta del conductor del TAXI y le grité: “¿muy alzado? Upa pues HP, bájese y máteme!. No sea tan huevón! Cree que porque soy mujer me la va a montar?”. Y regresé de inmediato a mi auto. Varias personas vieron lo sucedido, pues me encontré con sus miradas. Subí a mi auto. Casi en la esquina y antes de salir a la Calle 80 dos mujeres con dos maletas negras, parecían ejecutivas, abordaron ese vehículo. Traté de impedírselo gritándoles: ¡tengan cuidado, ese taxista es un peligro!

El trancón de la 80 hasta salir a la Cra.15 seguía moviéndose lentamente. Eso me permitió escribir de manera inmediata dos mensajes por Twitter: “1:17 pm. TGX 757 TAXISTA PELIGROSO!” y “1:19 pm. Taxista me insulta y amenaza en vía gritó: por eso es que las matan! TGX 757”. Seguí conduciendo hasta mi destino final (CC Andino) y ya desde una tienda de un operador celular escribí dos más:  “1:53 pm. Se impacientó porque en lugar atravesarme en vía preferí dar paso a peatones (estudiantes) Cra.18 - 79 y 80. Se me atravesó y me insultó” y “1:59 pm. @denuncietaxista TGX 757 me insultó diciendo: por eso es que las matan. Me bajé y le dije: venga y me mata. Tengo fotos”, tres (3) del vehículo que adjunto a está comunicación.

Señora xxxxxxx,
Como MUJER no permito que NINGUN HOMBRE me agreda bajo NINGUNA circunstancia, menos, en términos en lo que justifica asesinar mujeres. Pese al creciente y notorio deterioro del respeto a las mujeres, como ciudadana tengo el deber y la obligación de hacer de conocimiento de su empresa este hecho, pues esta espiral de violencia en general, pero de manera particular contra la MUJER solo se detendrá si hablamos y denunciamos la más “leve” agresión o maltrato contra nosotras por parte de cualquier HOMBRE.

Le agradezco prestar especial atención a esta denuncia e informarme las medidas que tomó su empresa al respecto.

11 comentarios:

Luis Mejía dijo...

En completo acuerdo contigo. La violencia que vivimos la cultivamos y la toleramos todos los días. Es el valor de las victimas y su decisión de "plantarle el macho" al agresor lo que contrarresta y bloquea la violencia y crea relaciones de respeto mutuo. Y es el deber del resto de nosotros por lo menos respaldar a la victima que levanta la cabeza y saca el pecho para hacerle frente al agresor.

Permíteme un recuerdo personal. Vengo de una familia paisa muy machista, de las que ven a la mujer como la esposa de..., la mama de..., la hija de..., la hermana de... Cuando eramos muchachos todos los hombres de la familia nos sentíamos con autoridad para interferir en la vida de hermanas y primas. Fueron ellas, a fuerza de llevarnos la contraria con persistencia, valor, humor y amor las que nos enseñaron a respetarlas, a aceptar que tienen todo el derecho de tomar decisiones sobre sus vidas y a que teníamos que vivir con sus decisiones. No fue un proceso fácil ni para ellas ni para nosotros, pero lo logramos.

Ante ti, por tu valerosa actitud en la calle y por tu articulo, como ante las mujeres de mi familia, me quito el sombrero.

Cordial saludo,

Luis Javier Mejia

Investigador Manuel Velandia dijo...

Querida mía, que razón tienes!!

Gloria Ortega Pérez dijo...

Luis Mejía y Manuel Velandia:
Gracias por reflexión y aporte solidario con las mujeres a través mío.
Si bien algunas mujeres (y hombres también) pueden ser transgresores eso no da derecho a que nadie le quite la vida a otra persona. Soy una convencida que, aunque pueda colapsar el sistema judicial, se debe denunciar todo hecho que menoscabe la condición de la mujer en el ámbito de lo público y en lo privado.
Pero, además, de manera general, la única manera de restituir valores y una ética de vida saludable, en armonía y desde el reconocimiento del Otro solo podrá ser posible si apropiamos derechos, civiles y humanos y hacemos que se cumplan. Lo demás seguirá siendo una declaración a la bandera.
Estimo mucho el tiempo que toma para por aquí, leer, pero además dejar el santo y seña de su paso que es a través de estos comentarios.
Otra vez, gracias.

Daniel Condeminas dijo...

Por desgracia, la violencia de género no conoce fronteras. Sin pretender dar solución a este gravísimo problema, me permito apuntar dos ideas a partir de mi experiencia en medios de comunicación televisivos:
Primero, hay que ir con mucho cuidado con la cobertura informativa de casos de violencia doméstica, aunque sean tratados bajo el prisma de la denuncia. El riesgo es acabar "normalizando" su existencia, de ponerlos enmedio del paisaje de lo cotidiano, a copia de repetir los mismos esquemas noticieros. En todo caso, como apunta acertadamente Gloria Ortega, es muy pertinente dar rostro humano a la víctima, que no acabe siendo un número más de esta execrable violencia.
Segundo, a la vez que es preciso vigilar la terminologia --no es nada aconsejable continuar con denominaciones como "crimen pasional"-- es muy importante que los medios de comunicación expliquen casos concretos de mujeres que han podidio empezar una nueva vida, feliz, después de haber denunciado a sus agresores ante la justícia... y que esta haya actuado convenientemente.
Creo más en la virtud pedagógica de los ejemplos positivos que en la simple denuncia, sin tener que edulcorar nada. Y, sobretodo, renunciar en recrearse en la descripción de estas agresiones. Los delitos contra personas, contra su dignidad, no deben conducir al morbo; por mucho que aún "venda" en los media.

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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